El duelo de las cosas que nunca regresan

Nadie te prepara para el final de una relación. Sabemos que las personas terminan, que las historias se acaban, pero nadie te explica cómo se atraviesa el vacío que queda después. Mientras una persona ya ha cerrado el capítulo, la otra sigue atrapada en la ilusión de que aún hay algo que salvar. Para quien decide irse, es sencillo decir: ya no hay nada. Pero para quien se queda, la relación no se desintegra de un día para otro. A veces sigue viva en los objetos, en las costumbres, en los cosas que compartieron.

Y de eso no se habla. No se habla de qué pasa con los muebles, con las tazas, con los libros, con las cosas que un día compartimos juntos. Mucho menos se habla de las mascotas.

No es por el simple valor material. Las cosas se pueden reponer, claro. Pero ¿qué pasa con las que guardan un valor sentimental para vos y que, para la otra persona, no significan absolutamente nada? Y aun así, deciden no devolvértelas. El orgullo, el ego, la indiferencia, les permiten retener algo que, aunque no les importe, saben que para vos sí.

Entonces, además de cargar con el peso de una ruptura, con el duelo de una traición, te toca cargar con la ausencia de esos objetos, de esos recuerdos, de esos pequeños símbolos de lo que alguna vez fue un hogar. Porque eso eran: pequeños fragmentos de tu corazón repartidos por la casa.

Pero cuando se trata de una mascota, el duelo se vuelve mucho más cruel. Porque una mascota no se reemplaza. No es un mueble, no es una taza. Es un vínculo. Es un ser que te acompañó, que te reconocía, que compartía tus silencios y tus días. Y cuando la otra persona, por egoísmo, decide quedarse con ella, no solo te está arrebatando una parte de tu vida, también te está negando la oportunidad de una despedida.

A mí me parece uno de los actos más egoístas que se pueden cometer. Porque así como en algún momento hubo un acuerdo de amor para compartir la vida de esa mascota, también debió existir un acuerdo para honrar el adiós. Pero no. Hay personas que eligen hacer daño de la manera más silenciosa, arrebatándote no con gritos, sino con ausencias.

Terminar un vínculo ya es lo suficientemente difícil. Pero soltar aquellas cosas, aquellos seres que amaste y que siguen ocupando un lugar sagrado en tu vida, es un tipo de duelo que nadie te enseña a atravesar. Es un duelo que aprendés a llorar en silencio, abrazando la memoria, aunque te la hayan arrancado sin despedidas.

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